lunes, 4 de agosto de 2014

El Gabo Cuento Inédito


El Gabo.

(Cuento: texto completo. *DR-)
*Elan Aguilar

Muchos años después frente a la vida, el periodista Gabo García había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer un diccionario. El Mundo ya era entonces una inmensa aldea de millares y millares de casas construidas por encima de lagos y ríos que tuvieron aguas diáfanas y cristalinas. El Mundo era tan viejo que todas las cosas tenían un nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo sobre la pantalla de un dispositivo electrónico. Todos los años, por el mes de noviembre, la familia de empresarios trajeados plantaban sus mercancías en toda la aldea, y con un grande alboroto de anuncios y embustes daban a conocer las rebajas de mercancía. Primero llevaron el “Aiffon”. Un empresario corpulento de barba montaraz y manos de buitre, que se presentó con el nombre de Elcharli, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla del mundo contaminante. “La educación ya no es necesaria –pregonaba Elcharli con áspero acento-, todo es cuestión de tener un aiffon en las manos.” Diana García, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza y aún más allá de los usos y las costumbres, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para deshacerse de los libros en la tierra. Elcharli, que era un empresario fino, le previno: “Para eso también sirve.” Diana García creía en la finura de los empresarios así que empezó a almacenar la información de los libros al dispositivo electrónico. Lamazón Lucrarán, su hombre, que contaba con millares de libros de terceros que ensanchaban su desmedido patrimonio, consiguió alentarla “Muy pronto ha de sobrarnos oro para ser los únicos.”
A punto estuvieron de lograrlo este par y tres más. Si no fue, gracias a Gabo García, aquel ser prodigioso que decía poseer un excelente diccionario, era un hombre alegre, envuelto en un aura radiante, con una mirada latina que parecía conocer el otro lado de las letras. Quien, antes de que la familia Lucrarán eliminara el último libro, reunió a la comunidad y soltó de un golpe toda la carga de su entendimiento y reveló su descubrimiento:
-La tierra y los hombres son, por la palabra escrita.
El sofocante mediodía en que reveló su secreto, Gabo García tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una grande amistad entre los libros y los hombres.

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