martes, 19 de agosto de 2014

El bosque



 Elan Aguilar* Cuento. Texto Completo. D.R.*

Árboles de copa alta, canto de los pájaros, miles de virutas secas de los pinos en el suelo, una tenue luz del sol ilumina el interior del frondoso bosque y me ilumina ¿Qué es la vida? Un día, en el vientre de una mujer, enamorada o no, con conciencia o sin ella, con su voluntad o sin ella, se engendraba otro ser. La mujer desconocía el sexo de la criatura en su vientre, aunque alguna vez escuchó que si se podía conocer por ciertos estudios de la sangre, ella no contaba con el dinero para realizarlos. La mujer no tenía ninguna cartilla de salud, y la mujer no tenía el deseo de saberlo. Sólo tenía una gran excitación, maravillada de pensar que dentro de sí se estaba gestando la vida. Y lo que menos le importaba era saber el sexo de ese ser. No le importaba si aprendería a leer o escribir, no le importaba si sería bueno o malo, no le importaba saber cuáles serían sus preferencias sexuales, no le importaba saber si creería en un Dios o no, no le importaba si sería un ser extraordinario o sólo uno más. Pensaba en el momento de poderlo mirar, pensaba en el momento de poderlo oler, pensaba en el momento de poderlo escuchar, pensaba en el momento de poderlo tener entre sus brazos y acariciar, de juntar, imaginaba, esas pequeñas mejillas a sus labios.
¿Has escuchado un susurro? Los árboles no hablan. Nos susurran al oído qué es la vida. Las hojas que les dicen muertas van alegres cantando al viento que las acompaña hasta el lugar indicado donde nutrirán la tierra. Miles de insectos se alimentan, se aparean, toman el sol y cantan. La copa de los árboles se mecen de un lado a otro como jugueteando con las aves y las ardillas, y las pequeñas flores me acompañan, tan pequeñas y tan generosas, tan pequeñas y tan hermosas.
Al fin nació, y la mujer pudo tener entre sus brazos a otra mujer. Para ella, la vida cobraba sentido, un propósito. La experiencia de dar a luz a otro ser, sangre de su sangre era inenarrable. Piel de su piel, huesos de sus huesos y corazones diferentes. Esa nueva hembra en el mundo era mi madre.
Tal vez no lo creas, pero los animales del bosque conocen la diferencia entre los de su especie y la nuestra. Entre una vida que se venera y una vida que se consume. Entre la alegría de su vida armoniosa y el dolor del ciclo humano. Han pasado uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, …y más de diez animales del bosque. Si, seguro han pasado más de diez porque los he contado. Pasar junto a mí, echarse a un lado, mirarme a los ojos, lamer mi mejilla como el beso de mi abuela al nacer mi madre. Me cuidan, me hacen sentir parte de ellos.
Mi madre, a diferencia de mi abuela, tenía otros planes. Mi nacimiento tuvo en ella un sentido y un propósito de vida diferente. Huir. Tener una nueva vida pero sin mí. Me alcanzó a dar de mamar mientras trazaba sus planes. Sólo un año y medio estuve con ella y luego partió. Deseo que haya encontrado la vida que buscaba. Yo quede abandonado en la casa. La misma que la abuela les había heredado a mi madre y a mi tía, que vivía en casa con su novio.
La vida de mi tía también cambio, de pronto se encontraba con un sobrino del que tenía que hacerse cargo y esto ella tampoco lo eligió. Y yo que me parezco mucho, ahora lo sé, a las flores y a los árboles, a los insectos y a los animales del bosque, a las aves y a las ardillas, me dedique a comer, a jugar, a disfrutar del agua, a disfrutar del sol hasta que mis tíos encontraron otro propósito en sus vidas y me llevaron a una guardería en el que pasaba encerrado todo el día con otros niños. Pasaban a recogerme y discutían entre ellos. Se empezaban a molestar si no me acababa la comida, si manchaba mis calzones, si jugaba en la sala o en la recamara, si hacía ruido. Les estorbaba en sus planes de vida pero sólo tengo cuatro años y no sabía a dónde ir. La maestra les dio un motivo, les comentó su preocupación acerca de que no podía contar hasta el veinte de corrido y en cambio todos mis compañeros sí podían. Les pidió que me pusieran más atención. Al llegar a casa empezaron a gritarme, estaban enojados conmigo. “¡Repite! Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve y veinte” Pero sólo llego hasta el diez, del uno al diez los números que más me gustan. “¡Qué lo repitas!” y sentí el primer golpe de mi tía. Sólo llegue hasta el diez y sentí una cachetada del novio de mi tía que me tiró al suelo, trate de levantarme “¡Repite los números! Niño inútil” Y mi tía me dio con el puño en la boca “¡Inútil!” Derrumbado en el suelo trate de repetir los números, nueve, diez y…, diez y…, me faltaba aire, fue cuando sentí una patada en el rostro.

Ahora sé que este es mi lugar. En el bosque, con grandes árboles, con las juguetonas ardillas, con las hojas secas que dan vida, con los insectos, con los animales que me cuidan y con las pequeñas flores que me recibieron. Unos hombres ya han recogido mi cuerpo.

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