jueves, 29 de octubre de 2015

Dalí El Ignominioso

Dalí El Ignominioso

Cuento. Texto completo *D.R.
*Elan Aguilar


Dalí un buen día tomó su decisión: tomar el porvenir en sus manos, si lo podemos decir así. Tuvo, recordaba, mejores días que los presentes, cuando era joven y fuerte, atractivo, no conocía el rechazo de ninguna hembra. Podían hacerse las difíciles pero era diestro y por mucho se había ganado el mote de El Semental. Se sabía en la comarca que una de sus amantes, cuando Dalí la dejó de frecuentar, había muerto de tristeza. Pero no por ello podía también ser parrandero y jugador, más bien juguetón y bastante amiguero, tanto, que hasta aquellos de carácter difícil terminaban siendo leales compañeros. Era pues de intachable conducta. Hasta el día en que abandonó su hogar o lo que quedaba de él. ¿Había construido Castillos en el aire? No. El heredó una hermosa casa hecha de adobe, pero nadie supo el día, en que Dalí empezó a alimentar un mal hábito o mejor dicho, a alimentarse de pedacitos de adobe. Mientras no fue visible para todos, su vida transcurría normal hasta que le fue imposible seguir ocultando su loca manía, primero le convinieron a que no lo siguiera haciendo, y por último los regaños: ¡Ya me tienes harta! ¡¿Crees que por tener dos aventuras por semana te hace listo?! Pero por su afable carácter nadie le llevaba cuenta de sus defectos y todo seguía igual. Hasta que abandonó su hogar el ignominioso. Y es que siempre, en casos como estos, el causante del oprobio resulta ser una blanca palomita y los malos los abandonados, en especial porque los humanos definitivamente somos muy dados a juzgar por las apariencias, sin tomar en cuenta una mirada retrospectiva del problema: su loca pasión por el adobe y ya no había más, todo lo consumió y se fue en su búsqueda. Primero se encontró con cuadras y cuadras de cemento, siguió sus pesquisas sin notar que las horas se volvieron días, hasta llegar al campo, metros y kilómetros de árboles y maleza, y los días se hicieron semanas. Nada. Cansado y sin comer, regresó a reparar la afrenta. Ahora lo sabe: aún sin su nutritivo adobe, siempre será mejor el calor de hogar y el amor de sus dueños.

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