En la parroquia de Sayula, Jal., a 11 de junio de
1917, el Pbro. Don Román Aguilar bautizó solemnemente
a Carlos Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, que nació el
día 16 de mayo de 1917 en Sayula, Jal. Es hijo de Juan Nepomuceno
Pérez Rulfo y María Vizcaíno Arias.
Abuelos paternos: Severiano Pérez Jiménez
y María Rulfo de Pérez Jiménez.
Abuelos maternos: Carlos Vizcaíno y Tiburcia
Arias.
Padrinos: José Jesús Pérez Rulfo
y María Dolores Rulfo.
Notas marginales: No tiene."
José María Arguedas, escritor peruano se refiere así del mexicano: "¿Quién ha cargado a la palabra
como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria,
de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de
agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú? En ese hotel, más
muerto que vivo, el Guadalajara Milton, nos alojaron juntos ¿de pura
casualidad? Me contaste algo de cómo fue tu vida. Te despidieron y volvieron a
nombrar algo así como veinte veces en los Ministerios de la Revolución
Mexicana. Trabajaste en una fábrica de llantas. Dejaste el puesto porque te
quisieron enviar a las oficinas de otro país. Mientras hablabas en tu cama,
fumabas mucho. Me hablaste muy mal de Juárez. No debí sorprenderme de la
heterodoxia con que ordenabas las causas y efectos de la historia mexicana, de
cómo parecía que conocías a fondo, tanto o mejor que tu propia vida, esa historia.
Y me hiciste reír describiendo al viejo Juárez como a un sujeto algo nefasto y
con facha de mamarracho. Me acordé de la primera vez que te conocí en Berlín,
de cómo te llevé del brazo al ómnibus, con cuánta felicidad,".
Ernesto
Parra, periodista español, le pidió a Rulfo, allá por 1979, que
mencionara a los escritores hispanoamericanos de su preferencia, este
respondió: "En primer lugar, a Juan Carlos Onetti. Para mí es un autor
fundamental. Después, José María Arguedas, de Perú, que desgraciadamente
se suicidó".
Cuando Juan salía de vacaciones escolares,
se iba a San Gabriel a visitar a sus hermanos. Le gustaba mucho
tomar fotografías y caminar mucho. Incluso con sus fotografías
obtuvo un premio en Jueves de Excélsior, allá por
1930. Qué tiempos los tuyos Juan, hoy, muchos concursos ya están arreglados, y no sólo los de obra pública.
Era ese tiempo de la canícula, cuando
el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de la
saponarias.
El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja.»
—¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
—Comala, señor.
—¿Está seguro de que ya es Comala?
—Seguro, señor.
—¿ Y por qué se ve esto tan triste?
—Son los tiempos, señor.
El camino subía y bajaba: «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja.»
—¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
—Comala, señor.
—¿Está seguro de que ya es Comala?
—Seguro, señor.
—¿ Y por qué se ve esto tan triste?
—Son los tiempos, señor.
Rulfo vivía una vida muy bohemia. Se dormía
en las madrugadas por pasarse la noche leyendo a los clásicos,
a Goethe, Cervantes, Tolstoi, etc.
Cuando Juan se fue a vivir a casa de su abuela María, tenía Rulfo su cuarto lleno de fotografías,
de discos de música clásica y de muchos idolitos,
recuerda su hermana.
"Vine a Comala porque me dijeron que
acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le
prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos
en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan
de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se
llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto
conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo
haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a
mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala."
Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala."
Siendo como eras Juan, una persona silenciosa, discreta, ensimismada, lo dijiste todo. Algunos gustan de repetir frases como "En vida hermano, en vida". Pero sabemos que no es así, porque es en vida y es en muerte. Por eso hoy te recuerdo amigo Rulfo, tanto como a Pedro.
Elan Aguilar



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