Elan Aguilar*
Cuento. Texto Completo D.R.*
Ya viéndolo a la distancia, aunque quizá no sea la
palabra adecuada, corrijo y pido una disculpa, ya pasados los días, he podido
reflexionar y bueno, quizá en parte se deba al maltrato que recibí de pequeña,
ya sabes, decir que se viene de una familia disfuncional da por concluido
cualquier tipo de reflexión más profunda que pudiera devenir en señalamientos a
otras razones como la educación pública, la programación religiosa o la
programación consumista. Vengo de familia disfuncional y eso deja tranquilo a todos.
Pero déjame decir que si estábamos ahí reunidos era con un fin, buscamos la
forma de ser escuchados, auxiliados por un ente superior, que nos diera la
oportunidad de obtener recursos, porque nos estábamos muriendo de hambre. No
íbamos a dedicarnos a hacer cosas ilícitas porque no queríamos darte ese
ejemplo, te amamos y lo que queríamos era que al vernos, perdón, que al
escuchar de tus padres te sientas orgulloso. Siempre estaba ahí presente la
oportunidad: se presentaban a ofrecernos trabajos ilícitos, pero tu padre nunca
acepto. Yo menos. Pobres pero honrados, pobres, con hambre, sin servicios
públicos, sin casa propia, sin ingreso, sin seguro social, sin cuenta en el
banco, sin trabajo fijo, pero nunca malandros hijo. Tú tía fue la que un día me
hablo de rezarle a otras deidades para que nos diera todo lo que tú mereces.
Sólo queríamos lo mejor para ti. Ya sabes cómo son en los medios, todo lo que
quieren es dar la nota, vender sus mugres, llamar la atención del caminante,
como la marchanta que grita “¡Pásele güerita! ¡Aquí tenemos sus aguacates bien
baratos, dulces y maduros!” Y uno ni esta güerita ni necesita aguacates pero ya
te ensartaron uno, perdón, ya te vendieron uno. Así es esa gente que vende
noticias, a ellos no les interesa el motivo de la gente para hacer tal o cual
cosa, ellos dirán que eso a ellos no les corresponde, pero si les corresponde
andar haciendo negocio con la desgracia de la gente y eso no lo ponen en
primera plana, no lo dicen. Son peores que uno. Yo te amo hijo. Y bueno, este día
me permitieron salir al patio, nos dieron el día libre y me permitieron
escribirte esta carta. Y bueno, hijito Fernando, debes saber que lo que sucedió
no fue más que la desesperación en la que nos encontrábamos y cuando
interrumpías durante los rezos, sentí la angustia de que nuestros ruegos y
suplicas ya no fueran a ser oídas y de nada sirviera todo el esfuerzo que
hicimos para comprar las velas y los menjurjes que nos pidieron para la limpia.
A nadie deseo que pase la desesperación y la angustia de cómo va a vivir cada
día y mañana, como nosotros estuvimos. Pero supe cuando naciste que eras
nuestra bendición. Nunca hubiera deseado hacerte un daño hijo, pero hoy tras
las rejas nada nos falta. Espero que esta carta llegue a ti y te la lean. Tengo
entendido que hoy tú también vives con comodidad. Si un día quieres venir a
verme, o mejor dicho, visitarme, siempre te estaré esperando. Perdóname hijo
por el daño que te cometí.
Te quiere mamá.

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