martes, 8 de julio de 2014

Acapulco



(Cuento: Texto completo. DR.*)

*Elan Aguilar 
 


Si hay un puente vehicular que es sinónimo de sol, arena y mar, que es como mirar las olas, que es un bálsamo para la vista, que es respirar la brisa, ese es el puente Papagayo que anuncia la llegada a Acapulco. No cumplía aún los dieciocho años pero ya tenía el dominio del idioma inglés ¿Para qué rayos servía un idioma extranjero siendo menor de edad? ¿Para leer las instrucciones de uso de un aparato eléctrico donde el manual ya viene hasta en cuatro idiomas? ¿Para leer la novela juvenil del momento y presumir a los amigos que la leí en inglés cuando ya todos la leyeron en español? El idioma es para comunicarse, parlar con las gringas. El lugar ideal, donde se encontraban haciendo fila para conocer un latin lover, era el puerto de Acapulco. Do you wanna fuck? Fue lo primero que aprendí en las escuelas de intercambio “cultural” de algún lugar de México de cuyo nombre prefiero no recordar.
No faltaba el amigo de infancia con el que crecías y juntos continuabas los mismos estudios. La verdad es que Herculano era un baquetón profesional, nacido en la opulencia, no entendía para que tenía que estudiar. Y desarrolló una destreza extraordinaria para copiar los exámenes aún en contra de la voluntad de la víctima. Y así termino su curso de inglés, pensé que lo único que sabía era preguntar y decir el nombre. Pero no. Sin embargo debo reconocer que sus cualidades le permitieron, siendo mayor, llegar a ser presidente municipal. No me pregunten si es un mérito en estos tiempos o cualquier otro.
Herculano hizo planes para ir al puerto a practicar y lucir su diploma del “American Mexican Club” y más por ser los “viejos” amigos, me invitó, previendo cualquier contingencia de traducción, a conocer ACA. Teniendo coches y camionetas para elegir ninguna le prestaron, pues a su edad ya era aficionado al alcohol, al buen alcohol y la cerveza. Tomamos el autobús directo al puerto. En la terminal nos esperaba su primo. Diez años más grande pero con igual virtudes que mi amigo. Un bochito destartalado y un seis de barrilitos “Bienvenidos a Acapulco”.
Herculano pidió ir por una botella de tequila y un litro de Yoli, ese Yoli sabroso hasta que lo compró femza, ese monopolio refresquero y de productos basura. El tequila y el yoli fue en su momento la bebida clásica si visitabas ACA. Otros tiempos, el tequila era cien por ciento de agave y hecho en México, no se cuestionaba. Empezó la fiesta y nos llegó la noche en la Quebrada. Sentados sobre la barda, viendo golpear las olas, la luna nos iluminaba cuando Pepo, el primo de Herculano, empezó a forjar un churro de marihuana. Sentí temor por un momento pues estábamos infringiendo la ley, tanto que Pepo se adelantó “No se asusten, si viene la poli, les invitamos, son bien grifos”. Me tranquilice, por ser mi primera ocasión en el puerto, intuí que el beber y drogarse en vía pública era permitido “si los polis lo hacen” pensé.
A la distancia un grupo de jovencitas ¡Vamos a conocerlas! Les comenté. Pero los primos repusieron “Espera a conocer a las amiguitas de La Huerta”. Este lugar, que dejó de existir después de una de las tantas inundaciones de la costera, llegó a ser, por antonomasia, el sello del puerto, un centro nocturno dentro de un terreno con árboles de mangos, cocoteros, buganvilias y framboyanes y al centro, una enorme palapa circular con dos pistas, pletórico de mujeres de todas edades y de todos lugares vestidas de conejitas, en bikini, de ficheras con vestidos brillosos, de fetish, de vaqueritas con chaparreras, de ángeles, de diablitas, por un momento creí llegar a una fiesta de disfraces y yo no iba preparado. Un enorme letrero antes de ingresar “Prohibida la entrada a uniformados, militares, vendedores y MENORES DE EDAD” “No se asusten, el de la entrada es mi vecino” se adelantó Pepo. Mujeres custodiaban la entrada a la palapa “Hola papi ¿Qué pistola traes?” me dijo una mujer voluptuosa como de treinta y cinco años vestida con chaparreras y sombrero, mientras me tocaba la entrepierna. No, no traigo armas, le contesté pensando que me hacia una revisión de seguridad. Ella sonrió  “Te voy a revisar de todos modos” pasando sus manos por mi cabello, luego por el pecho y la espalda, tocando los glúteos y terminando con una mano en la entrepierna “Ajá, aquí la traes papi” Dando un pequeño apretón a la altura del zíper y di un pequeño salto de reflejo “Pásale muñeco” Y los primos se echaron a reír.
Al día siguiente Herculano amaneció crudo y desvelado, yo me fui a la playa para tratar de encontrar algún extranjero y practicar el inglés. Quedamos de vernos en playa Hornitos al medio día.  Tuve tiempo de caminar por la costera desde el zócalo al centro de convenciones y de regreso a la playa hornitos, donde nos encontramos. Se había comprado un “aceite de coco” en frasco de salsa búfalo, le quedaba un cuarto, el resto lo traía en el cuerpo, brillaba. “Quiero quedar bien bronceado, que cuando me vean sepan que estuve en el mar” la botella le costó diez pesos y cumplió su cometido, quedo como cangrejo, una brasa.
Un resplandor nos cegó, un par de ángeles sentadas en la playa. Una rubia y la otra pelirroja, rojo intenso, cabello quebradizo, piel de durazno. Quede estupefacto ante el ángel pelirrojo y con la mente en  blanco. ¡Esas son! ¡Vamos! Gritó Herculano sacándome de mi letargo.
-          ¿Vamos? ¿A dónde?
-          ¿Qué no estás viendo? ¡Ahí con ellas!
-          ¿Y qué les digo?
-          Pregúntales cómo se llaman y si quieren ir por unas cervezas
Algo me decía que para mi amigo todo giraba en torno al alcohol. E intuía que mi ángel pelirrojo no era de cervezas, merecía lo mejor de Acapulco. Sin embargo me sentí comprometido a presentarme por ser invitado de Herculano.
-          Hello, can we sit?
-          Hello
-          My name is…
Herculano miraba a la rubia mientras me presentaba con mi “petit ange”. Estaba por presentarlo con la rubia pero no fue necesario, ella lo miró de arriba debajo de forma despectiva y eso fue suficiente para decirme que mejor se iba y que nos veíamos en casa de su primo por la noche si quería quedarme. Por supuesto que me quede, más al ver sus hoyuelos de mi ángel al sonreírme. Se llamaba Malena.
-          Malena, i´m going to cruise to rest. Would you like to go?  
-          No. I´m going to spent in the beach for a while, I´ll see you later, Bye.
-          Bye.
Hasta ese momento Acapulco tomó su real dimensión, dejaba de ser un pueblo costero, sucio y lleno de bares y prostitutas, por el glamour y yo era parte de él. Aunque sin un peso en la bolsa. Malena me invito un  agua embotellada y recorrimos la costera. Me tomó de la mano y volé. A la distancia sonaba la canción de outfield “All the love in the world”. Volvimos al muelle, donde se encontraba su crucero. El día, ese malvado día se hizo corto. Tenía el deseo de poder ser un alma fría y subirme de polizonte a ese crucero y llegar a Australia con Malena. Aunque de tajo desperté de mi sueño romántico cuando Malena dijo que su sueño era irse a vivir a Londres. A pesar de ser la ciudad de mis amados Beatles, no siento interés alguno por Inglaterra. Húmedo, frio. Suspiré.
Supe que era un chico con suerte. Malena me beso. Siendo un ángel, sé que en ese beso algo se llevó de mí.
“When you say good bye I die just a little bit, cry
Just a little bit more.”
Nos enviamos cartas durante varios meses. Lo deje de hacer. Me estaba lastimando. Comprendí que lo que se vive en Acapulco, en Acapulco se queda.

* Elan Aguilar.

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