Cuento. (Texto completo. DR*)
La calavera tiene hambre.
Estaba Eduardo sentando en la
banca de un parque, quizá el nombre del jardín no tendría importancia de no ser
porque, como a los niños que tienen la mala fortuna de llevar un nombre como
Godofredo, Hipólito, Schwarzenegger, Wachanwer, un nombre que de existir la
justicia…, pero bueno, el parque muy bello por cierto, Revolución. ¿Revolución
de qué carajos? En fin, Eduardo había llegado desde temprano y se encontraba
cabizbajo, meditabundo. Como ocasiones anteriores en que se quedaba de ver con
Edith, en el mismo lugar y en la misma banca. Edith la del pelo ensortijado,
piel mate claro, labios carnosos, la chica por la que Eduardo había esperado
por mucho tiempo, la que había idealizado a través de las películas gringas,
donde la heroína es siempre rubia, de ojos claros, medio ingenua, medio precoz,
medio todo pero heroína al fin, esa era su Edith. ¿Y ahora? Se preguntaba, ¿Qué
va a pasar? Ella sabe cuánto la amo ¿No será suficiente sólo el amor? ¿No es lo
más importante al fin? Las cosas materiales qué importan si no hay amor. Claro
que a ella le gustaría andar en carro, en moto, tener una casa, comodidades,
pero eso vendrá después. ¿O acaso no sentimos lo mismo? Eduardo levantó la cara
hacía el pasillo y hacía la entrada del parque, quizá sin proponérselo podrían
coincidir nuevamente como coincidieron la primera vez en que se flecharon las
miradas. “¿Señor? ¿Señor?” Seguía concentrado en que apareciera, trataba de
utilizar el poder de la mente para llamarle a su alma gemela, creía, quizá
funcione la telequinesia “¡Señor, me da mi calaverita!” Un niño de apenas cinco
años le jaló el pantalón –Perdón hijo, no tengo dulces ya pasaron antes unos
niños, se los he dado todos. “¿Me puede dar el pan?” Señalando hacía la banca,
una bolsa con pan de muerto que Eduardo acababa de comprar. –No puedo hijo,
este pan es… este pan me lo acaban de regalar. Eran unos panes de muerto sin
azúcar, con mucho ajonjolí y tremendos huesos, brillaban de lo bien horneado
que estaban y olía sutilmente a naranja, Eduardo quería sorprender a Edith por
si se presentaba casualmente. Algo le decía en su corazón, quizá un corazón
sincero, ingenuo dirían otros, que Edith era la indicada para continuar juntos
la aventura de la vida, que con ella podría viajar por México, conocer cada
pueblo y cada playa, visitar las barrancas del cobre, andar por las calles
empedradas de Taxco comiendo tacos de barbacoa, respirar el aire frio y limpio
de Pátzcuaro, correr por la arena de Isla Mujeres y coleccionar caracoles,
subir la pirámide del Tajín, mirar en vivo a las ballenas del mar de Cortés
antes que las extingan, pensaba con el corazón. Tenía la suerte o el infortunio
de no estar rodeado de gente más llana, sin tantas “pretensiones” como esos que
te aconsejan: “A comer y a beber que mundo ahí te ves” o “Una buena palanca
para entrar a trabajar a gobierno y a hacer carrera”. A la proximidad de la
banca siguiente se observaba un periódico doblado que alcanzaba a leer “Se
matan en la autopista a Cuernavaca”. Esos pasquines que sólo les interesa hacer
dinero con el morbo de la gente, se dijo para sí e intento levantarse de la
banca para recogerlo y tirarlo a la basura, le desagradaba, pero desvió su
atención una hilerita de hormigas que empezaban a subir por la banca en
dirección a su pan de muerto para Edith. ¿Por qué no será igual la vida de los
hombres al de las hormigas? Bueno, ellas no pueden viajar y conocer las
bellezas de México, se decía para sí aunque Eduardo no conociera más que los
balnearios de Morelos y se moría de ganas de estar asoleándose en una playita,
le contaban, del lago de Tequesquitengo. El parque se empezó a llenar de
parejas en las bancas y de familias que esperaban recoger a sus infantes de la
clase de natación. Ya el sol había pasado el cenit sin darse cuenta, Eduardo
que miraba de reojo a los enamorados que se abrazaban y besaban. -¿Así me vería
yo con Edith? Algunos se ven muy desesperados, otros tiernos, qué espectáculo
¿o será mi envidia de estar sentado solo?- “Hola joven, buenas tardes ¿todo
bien?” preguntó un policía que realizaba un rondín por el parque. Si
oficial, muchas gracias. “Le recuerdo que el parque se cierra a las nueve, y
antes de la hora si esta área está sola le pediría que se acerque a las zonas
de salida para su seguridad”. -Correcto oficial, muchas gracias-. El policía continúo
caminando por los pasillos, golpeaba con
su garrote el barandal de las jardineras antes de llegar a las bancas donde se
encontraban parejas de cariñosos, alertándolos de su llegada, quizá para evitarles
una pena, “hola jóvenes…” escucho Eduardo como un susurro. La temperatura bajo.
Sin darse cuenta, el sol se iba ocultado y apenas se notaba una luz tenue de su
reflejo en el parque. Recordó cuando todo
empezaba a tener sentido antes de conocerla. Ya había hecho planes para
terminar con creces su carrera universitaria y de ahí, visualizaba, entrar a
una congregación religiosa, no, no sería fácil pues como todo humano él también
se sabía débil ante el sexo opuesto, pero después de su último fracaso amoroso
lo tenía propuesto: entregarse de lleno a la vida del espíritu. A ella la había
visto dos o tres veces por sus mismos rumbos, y cuando la encontraba trataba de
no mirarla, de ignorarla, le gustaba pero no quería alimentar otra idea que no fuera
su finalidad, el celibato. Y no fue hasta que coincidió con un amigo de ambos y
un día inesperado le preguntó -Oye Eduardo ¿te gusta mi amiga? ¿Cuál
amiga? Esa que está allá, se llama Edith. No podría negarlo, es bonita ¿Y si
tuvieras oportunidad andarías con ella, pero bien? Mira Esteban, no te
entiendo. Ni la conozco ni sabía cómo se llamaba y la verdad esas cosas no me
las he preguntado ¿Pero te gusta? Sí, ya te contesté. Mira, lo que sucede es
que, es mi amiga y la estimo mucho y pues… Y pues ¿qué? Pues te lo diré pero no
quiero que la vayas a herir ¿Qué la vaya a herir? Oye, si fuiste tú quien
empezó está plática, no yo. Okey, le gustas a mi amiga y me pidió que te
presente con ella ¿aceptas?- ¡Carajo! ¿Por qué habré aceptado? Si yo tenía
otros planes. Pensó Eduardo sentado en la banca, mirando el suelo, cuando se
dio cuenta que la luz amarilla de las lámparas del parque ya estaban encendidas
y el reflejo de su silueta se proyectaba en los adoquines. Levantó la
mirada y alcanzó a ver la sombra de la última pareja que se retiraba por la
salida que da a la avenida principal. Empezó a sentir frio y pensó en retirarse
del lugar tal como le había aconsejado el policía por la tarde. Sí, allá estaba
Edith. Desde lejos la vio caminando hacia él. Te estaba esperando, le dijo
mientras volteaba a buscar su bolsa con el pan de muerto, antes de poder
sostener la bolsa, Edith ya se encontraba sentada a su lado. Yo también quería
encontrarte aunque pienso que es mejor ya no verte más, le respondió. Ten te
compré este pan de muerto, sé que te gustan. Debes irte ya, este lugar no es
para ti, contestó Edith al momento que se levantaba y empezaba a caminar hacía
una pequeña salida que da a un callejón. Eduardo trato de levantarse y seguirla
cuando escuchó el grito de un hombre que lo distrajo, se acercaba de prisa desde
el área de la alberca ¡Oiga joven no puede estar aquí! El parque se encuentra
en remodelación. ¿En remodelación? Si, ya tiene un mes, yo soy el celador del
lugar y de seguro olvidé cerrar la puerta por la mañana cuando salí a comer,
usted disculpe. Eduardo no daba crédito a lo que escuchaba e intento explicar
lo sucedido cuando prefirió callar y retirarse al ver su bolsa de pan vacía. A
la mañana siguiente Eduardo se enteraba que Edith había muerto en un accidente
en la autopista a Cuernavaca.
Elan Aguilar*

¡¡UUUYY!!! QUE MELLOOOOO!!
ResponderEliminar¡¡Bien Elan muy bueno!!
Excelente!... la historia no permite que la abandones... ¡sigue escribiendo!... Saludos...
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